Reflexiones sobre la muerte en el año 2020 durante la pandemia por Coronavirus.

Autor: Lagunes Torres Roberto

Completo

Con gran respeto y admiración al Dr. Roberto Juárez Baizabal.  Un gran médico cuyo nombre se escribe con mayúsculas, dedicado, entregado y generoso con los que amaba y con sus pacientes. Te voy a extrañar querido amigo.                                                      

 

No vale nada la vida. La vida no vale nada.

Comienza siempre llorando y así llorando se acaba.

Por eso es que en este mundo, ¡La vida no vale nada!

 

José Alfredo Jiménez (Músico poeta mexicano).

 

 

Para todo ser humano normal, genial o impedido de sus funciones cognitivas, es natural pensar que su existencia es limitada y finita. Para donde quiera que volteásemos, vemos la manifestación de un fenómeno que consiste en la cesación de las facultades que presenta un ser al que consideramos vivo. Quizás la más evidente es la pérdida de la movilidad, posteriormente la falta de respuesta a estímulos de alta intensidad, ya sean sonidos, dolor infringido o sacudidas violentas. El ser que ha cesado en sus funciones no responde. Entonces si es un ser humano o un animal grande, auscultamos su corazón, le tomamos el pulso y determinamos que todo ha desaparecido. Con el paso del tiempo, el organismo comienza a perder temperatura y a ponerse muy rígido y ante esa certeza exclamamos con angustiosa y profunda convicción. ¡Está muerto! Pocas veces nos equivocamos, aunque no seamos médicos en el diagnóstico de muerte. Y sabemos que, si no hacemos nada, a los pocos días, el cadáver sufrirá los procesos de descomposición característicos que le ocurren a un organismo que no se puede defender de los factores ambientales y biológicos que le rodean. Ante un ser que ha perdido su capacidad de defenderse existen multitud de otros que usaran de alimento la materia orgánica que le constituye. Y eso es lo que todos vemos ante un organismo muerto.  Pero en el individuo consciente que está muriendo, ¿Qué ocurre? Cuando la muerte es violenta, no ocurre nada, el ser no se da cuenta de lo que le ocurrió. Pero si hay un tiempo de agonía en el cual el individuo está consciente de que está finalizando su existencia, hay una serie de leyendas y creencias la mayoría de ellas mal fundamentadas pero honestas, que tratan de explicar el estado mental y personal del que está muriendo. Las más populares son aquellas derivadas de creencias religiosas o mágicas motivadas por buenos deseos y esperanza; donde le persona ve transcurrir como en un video apresurado todas las etapas que vivió. Y si acaso salen del trance, se las platicaran a muchos que fundamentaran su hipótesis de “tu vida ante tus ojos” con estas narraciones.  Se sabe con certeza que el cerebro, sobre todo el humano, es muy sensible a la falta de oxígeno y nutrientes y que las neuronas comienzan a tener fallas en todos sus procesos sinápticos que integran los fenómenos cognitivos, pero que no duran más que cerca de 5 minutos  y es por ello que si recuperas la consciencia y por lo tanto la vida; ¡no estás muerto! y el corolario es, que  todo lo que viste y viviste durante la agonía, es la actividad de un cerebro que está funcionando mal y que por ende lo que recuerda o asegura recordar es solo la activación de circuitos neuronales que están fallando de forma similar a un corazón fibrilando, el cual ya no puede bombear la sangre. Si viviste para contarlo es que estabas muriendo, pero no moriste. ¿Qué tan real es lo que tu cerebro pensó, recordó y percibió? El argumento más fuerte para asegurar que ello es cierto, es estadístico. Como 10 de cien narran lo mismo, entonces es cierto y no hay lugar para la duda. Para la mayoría de las personas. En general en los experimentos científicos que tienen validez, se exige por lo menos el 95 % de efecto de la causa o variable que se hipotetiza como responsable del fenómeno, para que tenga una validez estadística, es decir si es menor del 0.05 % el papel del azar, el hecho es real. Pero para la muerte, el temor y el prejuicio son los argumentos más humanos y valederos para asegurar la certeza de una observación. Aquí los números no valen, son muy fríos y despersonalizados. La realidad es que cuando se muere, hay una pérdida total y absoluta de la consciencia. No hay marcha atrás. No hay media muerte ni una fracción de esta. La muerte es la desconexión de todos los procesos vitales que culminan con el más significativo de todos: la pérdida de la consciencia y por ende del yo del que tanto nos enorgullecemos. Lo que viene después de la pérdida de consciencia, solo es significativo para los vivos. Contemplamos y sufrimos la muerte de los demás y en nuestro afán de inmortalidad le damos cualquier explicación que esté de acuerdo con nuestros deseos y temores. Nos vamos al paraíso o al infierno o quizás a otro planeta o a un Universo paralelo. Nos negamos a admitir que a lo que llamamos “alma”, la muerte lo destruye de una solo vez y para siempre hasta el final de la existencia del cosmos. Esta compleja estructura que es nuestro cerebro, producto de millones de años de evolución, nuestra máxima y admirable estrategia adaptativa a este complejo planeta; se disuelve en el Universo como las lágrimas de un rostro lloroso en un día de lluvia. No es posible que algo tan complejo deje de existir de un modo tan ridículamente simple. Pero, aunque parezca imposible y deseemos que no sea así, esa es la realidad natural. Nuestro yo y nuestra consciencia es un producto muy complejo de la actividad neuronal y su interacción con el resto del organismo y con el medio físico, biológico, psicológico y social en que vivimos. Nuestros complejos organismos están adaptados por la evolución para defender y perpetuar nuestra existencia con complejísimos sistemas y mecanismos que operan para luchar contra la entropía (desorden en un sistema) manteniendo la homeostasis (equilibrio en un sistema), propiciando que un buen día nos podamos reproducir dando origen a organismos cada vez más complejos y sofisticados y mejor adaptados. ¡Nuestros hijos! Ellos serán la próxima estación de relevo que llevarán nuestros genomas a lo que llamamos el futuro. Eso es poesía pura, es esperanza de entender cada vez con más claridad; de dónde venimos y porque y para que estamos aquí. Venimos de las estrellas donde se originan los elementos químicos que nos forman  y en efecto nuestro origen es celestial y terrenal. Y estamos aquí, para decidir qué hacer con nuestra existencia y capacidades. No hay un destino a priori para cada uno. Uno es el arquitecto de su propio destino (y claro, los que nos ayudan o nos obstruyen) Esto por supuesto puede no parecer poético ni romántico, parece un nihilismo perverso, pero hasta el momento en pleno siglo XXI, no hay ninguna prueba que resista un análisis rigorista y honesto de que existe una explicación alternativa. Los Filósofos y poetas, se han devanado el cerebro buscando explicaciones que al final no son más que buenos deseos, piénsese en el principio antrópico defendido aun por científicos de gran talla. “El universo es así porque yo estoy aquí” y no, “estoy aquí porque el Universo es así” Le llaman principio antrópico porque es el hombre (antropos) la criatura que define la existencia del universo tal y como es. Se piensa que el universo fue hecho para que podamos existir en él. Pensamiento ingenuo, pero es un consuelo para la mayoría de la gente. Desgraciadamente las cosas son mucho más complejas que la presencia de una criatura pensante. Y entonces ¿Qué significado tiene la vida sobre la tierra si no es más que una fisicoquímica muy compleja de millones de años de evolución? La idea es vacía y sin esperanza.  Pero, para mí en lo personal, la respuesta es muy sencilla y aquí caigo como todo ser humano en una tautología inatacable. El sentido de la vida es el que yo quiera darle, con mis ideas, con mi trabajo, con mis amores y con mi labor procurando el bienestar de los que amo y si puedo del resto de todas las criaturas vivas y no vivas de nuestro planeta. E incluso destruyendo a los que me estorban. Es una gran oportunidad para hacer y amar, la enorme fortuna de estar vivo y coincidir en la existencia con seres tan grandiosos como los humanos que amo, a los que respeto, a los que cuido, a los que me cuidad y hasta a los que odio o no quisiera estar cerca de ellos. Carl Sagan decía si conoces a alguien que no está de acuerdo contigo, déjalo vivir; no encontraras otra criatura igual en mil millones de años luz de distancia. Nuestra existencia es una chispa luminosa que brilla entre dos eternidades, la que ha transcurrido después del big bang (origen del universo) y la que transcurrirá después de nuestra pérdida de la consciencia (así que prefiero llamarle a la muerte: Consciencia) Vivir no es solo existir, sino existir y crear, y no dormir, sino soñar. (Frase de Gregorio Marañón. Médico español). Amar, Odiar, construir, destruir, despreciar, apreciar, criticar, alabar, admirar, desear, rechazar, sufrir, gozar, apenarse, enorgullecerse, disentir, acordar, explicar, olvidar, recordar, omitir, mentir, engañar, crear, traicionar, ser leal, ser desleal, humillar, lastimar, cuidar, curar, asesinar, escribir, cantar, reír, llorar, contar, matematizar, describir, acariciar, golpear, tener sexo, parir, matar, viajar, explorar y con ello vivir intensamente y final e inevitablemente morir. La segunda ley de la termodinámica es inviolable. (En todo sistema que evoluciona espontáneamente la entropía tiende a aumentar y entropía es desorden y el desorden en nuestro cerebro es consciencia) La muerte al igual que la vida, no son cosas en sí, son procesos que sufren los organismos vivos, mucho más compleja la vida que la muerte. Pero ni la vida es un halito dado por deidades, ni la muerte es una entidad consciente o corporal. Solo tienen existencia en nuestras mentes; como el tiempo, los números, el dinero y nuestro propio Yo, por mencionar algunos. Son convencionalismos entre nosotros, que nos sirven para darle sentido y funcionalidad a nuestra existencia individual, pero sobre todo colectiva. Pareciera que nuestros cerebros se están perfeccionando cada vez más para intercambiar información con otros cerebros, por la palabra hablada y escrita y en la actualidad, por la enorme tecnología para producir redes sociales que para fines prácticos son una espada de dos filos.  Pero esa comunicación es la clave del ascenso del homo sapiens como criatura dominante creativa y destructiva de este amado planeta tierra. El intercambio de ideas o “Memes” a semejanza de los “genes” como diría Dawkins; han hecho que el conocimiento y nuestras habilidades para vivir y crear nuevos mundos conceptuales y físicos, se expanda en progresión logarítmica. Compartir o heredar memes es crecer como seres humanos. Alguien me decía, el amor es conocimiento. Pero para mí el amor que tampoco es una entidad real separada de las consciencias, sino un constructo de nuestras mentes y deseos, y tal vez el más grandioso, es quizás el único que nos puede ayudar a sobrellevar o a disfrutar la vida. Aunque el odio que es casi lo mismo, aunque no sea igual. Son en nuestras consciencias, los arquitectos de casi todo lo bueno y a veces lo malo que hay en este mundo. A tal grado que gozosamente moriríamos por él. Aunque a veces, matamos por amor o por odio.

 

 

La tumba solo guarda un esqueleto,

Más la vida en su bóveda mortuoria,

Prosigue alimentándose en secreto.

Que al fin de esta existencia transitoria,

A la que tanto nuestro afán se adhiere,

La materia, ¡inmortal como la gloria!

Cambia de formas, Pero nunca muere.

(Fragmento de Ante un cadáver de Manuel Acuña, poeta mexicano)

Palabras clave: Reflexiones muerte coronavirus

2022-01-11   |   10 visitas   |   Evalua este artículo 0 valoraciones

Vol. 16 Núm.2. Julio-Diciembre 2021 Pags. 6-9 Rev Invest Cien Sal 2021; 16(2)