Atravesamos una época en la que “todo” es prescindible mientras no responda a una necesidad de mercado. El “producto” en cuestión, independientemente de su historia, su validación o su carga emocional, se ve obligado a una constante reinvención frenética para estar a la altura de esas necesidades, mantener con ello su valor (su “imprescindibilidad”, por cierto) y evitar así su desaparición. Es evidente que una de las variables más potentes en esta ecuación es la “celeridad” con la que el mercado intenta crear nuevas necesidades y exigencias entre consumidores de aburrimiento fácil, déficit atencional e hiperconectividad.1 La solución a esas nuevas necesidades implica desafíos a diario en la búsqueda de nuevas destrezas y herramientas que no solo favorezcan la adaptabilidad a esos escenarios cambiantes, sino también contar con la suficiente resiliencia y plasticidad mental para sobrevivir a ese estado de perturbación, incluso obteniendo resultados positivos en ese esfuerzo. La tecnología ha logrado instalar esas soluciones de manera reactiva y proactiva mediante el diseño de una planificación estratégica y requerimiento de recursos.2 Hace apenas cinco años, la inteligencia artificial (IA) estaba más cercana a la ciencia ficción que a la realidad… Hoy, el escenario es inquietante: hace unos días, un colega reconoció que consultó a la IA sobre la mejor manera de poner fin a una relación de pareja. El plan diseñado por la IA, y las palabras que sistemáticamente él debía utilizar, le resultaron absolutamente exitosos (y embriagadores).
Palabras clave: .
2026-01-25 | 10 visitas | Evalua este artículo 0 valoraciones
Vol. 26 Núm.82. Septiembre-Diciembre 2026 Pags. 2470-2471 Oral 2026; 26(82)